Si tienen talento, ¿qué diferencia hay?
Este artículo llevaba tiempo rondándome por la cabeza, pero el detonante para decidir escribirlo fue una noticia publicada el pasado 8 de abril. Muchos diarios online, dedicados al arte o no, publicaron la noticia de que una exposición en Berlín mostraría durante veinticuatro horas trescientas cuarenta y cuatro obras de artistas amateurs, bajo el nombre de Macht Kunst (“haz arte”, en alemán). El público asistente tendría que votar por su obra favorita, que al término de la muestra-exprés se llevaría el premio de esta primera edición.
Me dio por pensar. Trescientas cuarenta y cuatro obras: no me cabe la menor duda de que se han expuesto trabajos de magnífica calidad, tan buena (y en muchos casos, probablemente hasta mejor) como muchas obras presentes en exposiciones de museos de prestigio, a cargo de artistas plenamente consagrados. Así que me reafirmo en mi frase inicial: si hay talento… ¿Dónde está la diferencia?



“El esnobismo cultural ha posibilitado que se hayan expuesto "excrementos" como si fueran obras de arte”, así es descrita la estupidez que se genera entorno al mundo del arte por el actor y dramaturgo Albert Boadella, en declaraciones ofrecidas a europapress. Sus comentarios no tienen desperdicios, ni les faltan detalles. Lo curioso, o no, es que aunque la mayoría de sus criticas traten sobre el teatro, todas se pueden trasladar al arte plástico.
La amenaza de la muerte prematura
La verdad es que no deja de sorprenderme que todavía haya capacidad para organizar eventos culturales, con los tijeretazos que están cayendo sobre las instituciones. Estos mimbres, queridos amigos de Talentyart.com, son mucho más peligrosos de lo que podamos pensar… La escasez y la pobreza fomentan riesgos como las tendencias absolutistas y los fanatismos. Un buen ejemplo lo tenemos en el crecimiento del fascismo en países como el Reino Unido, antes de la II Guerra Mundial, generosamente abonado por la complicadísima situación laboral de la clase obrera de aquellos años. Crecimiento que dio origen a grupos filonazis como los skin heads, y que tan bien relata la magnífica película Liam (2000), del director británico Stephen Frears.








