VIDA Y OBRA
Siempre he pensado que Antonio López es una persona muy especial. Fíjense que digo persona y no artista, que también, pero casi me atrae más la filosofía con la que encauza su vida, por más que su obra resulte fascinante. Manchego, de carácter reservado, con la mirada puesta en la alteridad, en esa luz que condiciona las formas, también en el paso del tiempo que trastoca las superficies. Él es capaz de llevar todo ello, estos intereses varios, a las artes plásticas que domina con ejercicio preciso por la necesidad no tanto de mostrar o demostrar como de expresarse.
Esa forma de trasladar las inquietudes metafísicas a la materia es lo que hace del de Tomelloso (1936) un maestro al que se le sigue de cerca en el mundo entero. A la vista está, dada la procedencia de algunas de sus obras, ahora reunidas en las salas del Museo Thyssen - Bornemisza en una exposición retrospectiva.
Es pues el momento de repasar las novedades a la luz de todas esas óleos, maderas, yesos y bronces, obras de tiempos pasados que han ido conformando un estilo inclasificable porque las etiquetas no siempre hacen falta, como bien dice el autor: «Hay que dejar a la gente un poco libre, porque es que si no la acogotas con tantas informaciones» (Informe Semanal, 25 de junio de 2011).
REALISMO Y REALIDAD
Impacta la obra, con ese realismo que golpea la mirada de tan sincero, pero lo que de verdad impresiona es conocer el proceso por el que pasa una y otra vez, en cada una de sus creaciones, hasta llegar a la objetividad absoluta, plena de poesía no obstante, punto de partida y meta a la par. Sabemos que vuelve constantemente sobre esas vistas de la Gran Vía que consumen años de su vida, que pinta en fechas señaladas por un calendario fabricado a su medida, y resulta difícil asimilar esa obsesión por «encapsular el tiempo» (Francisco Calvo Serraller), ese devenir de lo inmaterial, en su trabajo. María López comenta en uno de los documentales realizados por Luis Mengs para la ocasión (El tráfago de la vida y Hablando de Antonio López) que a su padre no se le puede calificar de perfeccionista, sino de obsesivo. Nadie mejor que ella para entenderlo y tratar de explicar el porqué de tantos bocetos, de todos esos apuntes minuciosos, ya con ese lápiz que recrea fotografías en blanco y negro, ya con yeso, cera o tinta.
OFICIO DE ARTESANO. MIRADA DE ARTISTA
Antonio López pintor, pero también y, desde la fecha más que nunca para quien esto escribe, Antonio López escultor. Me quedo con dos maderas policromadas que hacen pensar en los muchos ejemplos que jalonan la imaginería barroca que este país ha dado: María de pie (1963) y María dormida (1964), ambas verdaderas obras maestras en el arte de dotar de auténtica vida a la materia inerte.

Pero no puedo evitar hacer referencia a las vistas madrileñas (Gran Vía, 1974 – 1981), a ese membrillo pintado con celo y pasión a pesar de la dificultad evidente (cómo olvidar El sol del membrillo, Víctor Erice, 1992) o el trabajo con las rosas (Rosas de Ávila II, 2008) y los rostros de sus nietos. Y todo ello desnudando el trabajo artesanal del artista, mostrando esos esquemas anotados (ya sabemos en qué óptica encarga los ojos que dotan a las esculturas figurativas de un enorme realismo mientras siguen encerradas en su bronce), permitiéndonos conocer a los suyos a través de la evolución de su obra.
Antonio López es testigo del paso del tiempo y, con apenas un rumor de pincel y cinceles, nos lo hace presente. Y de qué manera, señores. No se lo pierdan.
Créditos de las imágenes: María dormida (1964), Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas (1997-2006).














